La descripción no es lo descrito, cada atardecer es el más hermoso del mundo. Las cosas que escribo pudiesen fácilmente no escribirse; sencillamente las escribo cuando tengo algo a la mano para hacerlo, porque me gusta, pero muchas veces no lo hago, y me gusta lo mismo, no es frustrante la dicha; si lo fuese, dejaría de serlo.
Estabas tan hermosa, tus brazos eran como los árboles desnudos en los atardeceres de invierno. Tenías la regla, lo sabía, no sé por qué, quizá porque no es la primera vez que conozco en persona alguien que primero conocí a distancia. En tu caso era la primera vez, y presentía lo que ocurriría, ese no saber qué decir, ese no poder creer que yo era real. A mí no me pasaba eso, no por mis experiencias sino porque cada momento es irrepetible, y ayer no pensaba en ti sino en el precioso atardecer, y hoy no pienso en nada, hoy solamente son -y soy- tus ojos.
¿Debo decir el nombre del aeropuerto? No, qué va. Los escritores siempre dicen los nombres de los aeropuertos para de cierta forma honrarlos, pero los demás lectores no ven más que una descripción innecesaria. Lo cierto es que tenía dos maletas, una para este clima frío y otra para mis libros. ¿Mi nueva patria? -No. En los bosques de Estados Unidos descubrí que mi patria no era Venezuela sino la vida, y lo descubrí cuando supe que los árboles se ponen negros antes de que se vaya el sol, antes de que venga la noche. ¿Qué significa esto? significa algo más hermoso de lo que pudiese describir, quizá que nosotros nos vamos antes de que se vaya la vida, y ese es el sentido mismo de ella, que es nuestro hogar, que le pertenecemos a ella y no ella a nosotros.
Habíamos cavilado mucho pero ya era el momento de vivir: el arte, por el contrario de lo que se piensa, no es mejor que la vida. Los intelectuales piensan que la vida es horrible y para eso hay que hacer arte. Pero la vida no es horrible, somos nosotros quienes la hicimos así. Como le pertenecemos, somos la vida, por lo tanto, el arte no intenta mejorarla o cambiarla; lo que ocurre es que estamos profundamente parcelados, y anhelamos la vida, la añoramos, el arte es un volver a la vida, no un escapar de ella. Si el arte se usa para escapar de ella y no para afrontarla, no sirve de nada, sólo para vender libros, ganar el Nobel, y esas frivolidades.
-No te preocupes, cielo, puedo dormir en la sala, con la tos de tu madre, el resplandor de la calva de tu padre y el olor de tu hermanito a futbolista que perdió por goleada las ganas de darse una ducha; también con tus preciosas hijas, suaves como las uvas.
Obviamente no íbamos a hacer el amor, pero eso no importaba. ¿A quién le importa no haber podido conocer al Che? Muy pocos comprenden que el erotismo no tiene que ver con el deseo, el deseo más bien lo entorpece. El erotismo es verte, como las lágrimas sin hojas del sauce, y sentir que me llueves en el rostro.
Sí, había que ir al trabajo porque de algo hay que morir. Además de que yo ahorré apenas para el pasaje y tampoco tenía mucho interés en conseguir trabajo. Me fui contigo a la ciudad, sabía a mugre, es sabido que nadie soporta la ciudad al menos que jamás haya vivido en otro sitio, que jamás haya sentido profundamente la vida, su brisa, su frío.
Te acompañé y me perdí dispuesto a hacer amigos, pero entre los que quieren hacer daño y los que no quieren que los lastimen, parecía casi imposible. Pero yo no tenía nada que perder ni deseos de ganarle a nadie. Así que pude terminar haciendo tres amigos de locales modestos, me quedé con el del señor alto, medio gordito y de prominente papada. Porque era de agradable conversar y porque una tienda era de ropa de mujeres y si hay una cosa a la que soy alérgico es a la mezcla entre compras y mujeres; y además en la otra (y también en la de las mujeres) más que mi pensamiento les atraje yo, y se me iba a hacer bien difícil mantener mi trabajo luego de empezar a tener sexo con ellas, no porque no fuese bueno en la cama (eso lo sabes de sobra) sino porque me aburriría muchísimo de tener que tener sexo durante dos horas, sin poder ponerme a hablar luego otras tres (y eso lo sabes mejor).
Entonces empecé con el viejo, duraba más en autobuses (entre ida y vuelta) que en el trabajo -le había dicho al señor que era estudiante, lo cual es cierto, pero autodidacta-; y no me importaba, porque podía salir y verlo todo, pasear, respirar, vivir, esas cosas que las personas en los autos no pueden. ¿Cómo va a ser mejor un auto que caminar si en el auto no puedes cerrar los ojos y sentir la brisa? Los autos nos protegen demasiado, por eso son tan peligrosos.
No olvidaré tu impresión cuando me levanté en en el autobús, y les reclamé a todos, que los árboles sabían hablarse, comunicarse los unos con los otros para avisarles cuando uno de los árboles había muerto y debían dejar de compartirle vida: "todos parecemos muertos en este autobús, parecemos presos, llenos de frustraciones, de deseos, llenos de todo menos de ganas y voluntad de vivir profundamente este momento", "la vida está aquí, está ahora, no en sus frustraciones; el mundo tiene palabras para el que escucha". Para aquel entonces no te habías dado cuenta aún que para mí escribir no era una mera imagen para adornar a los otros, para usarlos, una parafernalia del lenguaje; sino que para mí escribir era también una forma de vivir, porque lo hago con profundidad y entrega y para encontrarme en los otros.
Luego ibas a fiestas, -antes- tenías tu vida que no chocaba con la mía -todavía- porque no me incluía, debido a la distancia. Y te ibas, con tus amigos, con tu vivir, y te sentías algo mal, porque sabías que era egoísta tenerme al menos que te hicieras mi esclava y mi dueña, que renunciaras a ti para hacerte cargo de ese ser que antes no estaba en tu casa, en tu espacio, en tu cotidianidad. Pero yo no me aburría de ti, tal vez por eso la rutina se te iba olvidando en mis palabras y su encanto -honestamente nunca supe si de verdad las escuchabas o sólo te fascinaba mi uso del lenguaje, esas cosas son difícil saberlas, es difícil entender lo que te gusta al menos que te empiece a doler-.
No, no extrañaba a mi madre o a mi hermano, aunque confieso que me sentía bastante bien de no ver a mi padrastro -aunque no lo odiaba, porque el odio cansa, en especial cuando uno ama-; lo mismo me ocurría con Venezuela: cuando uno aprende a darlo todo sabe ver la recurrente tentación de la nostalgia como algo lindo que viene y se va, y no un imposible al cual aferrarse.
No tardé en irme a vivir a otro sitio, tranquilo, con unos tres árboles cerca que eran la cosa más hermosa del mundo. Y poco a poco te dejé ir, no intentaba que estuvieses conmigo, nunca me gustó tener demasiadas comodidades porque hacen que te sigas quedando en un sitio aunque no soportes las ganas de irte. Y querer que me quisieras era un egoísmo, era pensado en mi dicha personal y no en la dicha misma. Pero por suerte regresabas como la marea que sabe que le pertenece a su luna.
Sí, se acercaba la hora de irme, estaba en el aire ¿a dónde ir? ¿qué importa eso, por qué reducir las posibilidades? esa navidad me invitaste pero preferí pasarla con un mendigo, el pobre sintió lástima por mí al ver que mi casa no tenía más que libros y una cama y mi computador (donde escribí la primera parte de este cuento), pero no vio mi tableta (donde escribiré el final); lo dejé comer y bañarse y todo, le dije que no lo conocía, que nadie lo ayudaba porque todos pensaban quizá lo mismo que el piensa de sí mismo: "lo mismo que pensé de ti al ver como veías mi casa con decepción y mi ordenador con un poco de conformismo".
-Mira, amigo. No sé qué has sido en tu vida, pero estás quizá frente al único hombre en esta ciudad que no piensa que eres lo que has sido sino que quiere tener la oportunidad de conocerte, aquí, ahora; tal vez seas un asesino, un ladrón, o qué sé yo. Pero ahora no me estás matando ni robando, ahora puedes tener la dicha de no tener nada, pero de no tener nada con alguien, y eso es como tenerlo todo.
El se quedó, y pasó así un tiempo, y luego se fue, lo veía en casa y le costaba sentirse cómodo pero lo disfrutaba, hasta que consiguió un trabajo: limpiaba vidrios de los coches y luego no supe más de él, pero cuando estuvo, lo supe todo: nada interesante pero todo muy fascinante.
Y luego debía irme, a no sé dónde y no se por qué. Pero llegaste como siempre, a hacerme intransitable el destino. A llenarme la memoria del bello olvido que son tus ojos. A hacerme poseer mi posesión más valiosa que es la entrega. Llegaste, y supe que debía irme, que debía irme a quedarme contigo.
Sabes, a lo largo de mi vida siempre he sido criticado por mi caminar; "caminas como pidiéndole un permiso a un pie para mover al otro", era la frecuente observación de mis padres. Pero no saben que ese caminar ha sido, el mayor tesoro en mi vida, el que me permite ir a donde sea, pero ir siempre acompañado conmigo.
Estabas tan hermosa, tus brazos eran como los árboles desnudos en los atardeceres de invierno. Tenías la regla, lo sabía, no sé por qué, quizá porque no es la primera vez que conozco en persona alguien que primero conocí a distancia. En tu caso era la primera vez, y presentía lo que ocurriría, ese no saber qué decir, ese no poder creer que yo era real. A mí no me pasaba eso, no por mis experiencias sino porque cada momento es irrepetible, y ayer no pensaba en ti sino en el precioso atardecer, y hoy no pienso en nada, hoy solamente son -y soy- tus ojos.
¿Debo decir el nombre del aeropuerto? No, qué va. Los escritores siempre dicen los nombres de los aeropuertos para de cierta forma honrarlos, pero los demás lectores no ven más que una descripción innecesaria. Lo cierto es que tenía dos maletas, una para este clima frío y otra para mis libros. ¿Mi nueva patria? -No. En los bosques de Estados Unidos descubrí que mi patria no era Venezuela sino la vida, y lo descubrí cuando supe que los árboles se ponen negros antes de que se vaya el sol, antes de que venga la noche. ¿Qué significa esto? significa algo más hermoso de lo que pudiese describir, quizá que nosotros nos vamos antes de que se vaya la vida, y ese es el sentido mismo de ella, que es nuestro hogar, que le pertenecemos a ella y no ella a nosotros.
Habíamos cavilado mucho pero ya era el momento de vivir: el arte, por el contrario de lo que se piensa, no es mejor que la vida. Los intelectuales piensan que la vida es horrible y para eso hay que hacer arte. Pero la vida no es horrible, somos nosotros quienes la hicimos así. Como le pertenecemos, somos la vida, por lo tanto, el arte no intenta mejorarla o cambiarla; lo que ocurre es que estamos profundamente parcelados, y anhelamos la vida, la añoramos, el arte es un volver a la vida, no un escapar de ella. Si el arte se usa para escapar de ella y no para afrontarla, no sirve de nada, sólo para vender libros, ganar el Nobel, y esas frivolidades.
-No te preocupes, cielo, puedo dormir en la sala, con la tos de tu madre, el resplandor de la calva de tu padre y el olor de tu hermanito a futbolista que perdió por goleada las ganas de darse una ducha; también con tus preciosas hijas, suaves como las uvas.
Obviamente no íbamos a hacer el amor, pero eso no importaba. ¿A quién le importa no haber podido conocer al Che? Muy pocos comprenden que el erotismo no tiene que ver con el deseo, el deseo más bien lo entorpece. El erotismo es verte, como las lágrimas sin hojas del sauce, y sentir que me llueves en el rostro.
Sí, había que ir al trabajo porque de algo hay que morir. Además de que yo ahorré apenas para el pasaje y tampoco tenía mucho interés en conseguir trabajo. Me fui contigo a la ciudad, sabía a mugre, es sabido que nadie soporta la ciudad al menos que jamás haya vivido en otro sitio, que jamás haya sentido profundamente la vida, su brisa, su frío.
Te acompañé y me perdí dispuesto a hacer amigos, pero entre los que quieren hacer daño y los que no quieren que los lastimen, parecía casi imposible. Pero yo no tenía nada que perder ni deseos de ganarle a nadie. Así que pude terminar haciendo tres amigos de locales modestos, me quedé con el del señor alto, medio gordito y de prominente papada. Porque era de agradable conversar y porque una tienda era de ropa de mujeres y si hay una cosa a la que soy alérgico es a la mezcla entre compras y mujeres; y además en la otra (y también en la de las mujeres) más que mi pensamiento les atraje yo, y se me iba a hacer bien difícil mantener mi trabajo luego de empezar a tener sexo con ellas, no porque no fuese bueno en la cama (eso lo sabes de sobra) sino porque me aburriría muchísimo de tener que tener sexo durante dos horas, sin poder ponerme a hablar luego otras tres (y eso lo sabes mejor).
Entonces empecé con el viejo, duraba más en autobuses (entre ida y vuelta) que en el trabajo -le había dicho al señor que era estudiante, lo cual es cierto, pero autodidacta-; y no me importaba, porque podía salir y verlo todo, pasear, respirar, vivir, esas cosas que las personas en los autos no pueden. ¿Cómo va a ser mejor un auto que caminar si en el auto no puedes cerrar los ojos y sentir la brisa? Los autos nos protegen demasiado, por eso son tan peligrosos.
No olvidaré tu impresión cuando me levanté en en el autobús, y les reclamé a todos, que los árboles sabían hablarse, comunicarse los unos con los otros para avisarles cuando uno de los árboles había muerto y debían dejar de compartirle vida: "todos parecemos muertos en este autobús, parecemos presos, llenos de frustraciones, de deseos, llenos de todo menos de ganas y voluntad de vivir profundamente este momento", "la vida está aquí, está ahora, no en sus frustraciones; el mundo tiene palabras para el que escucha". Para aquel entonces no te habías dado cuenta aún que para mí escribir no era una mera imagen para adornar a los otros, para usarlos, una parafernalia del lenguaje; sino que para mí escribir era también una forma de vivir, porque lo hago con profundidad y entrega y para encontrarme en los otros.
Luego ibas a fiestas, -antes- tenías tu vida que no chocaba con la mía -todavía- porque no me incluía, debido a la distancia. Y te ibas, con tus amigos, con tu vivir, y te sentías algo mal, porque sabías que era egoísta tenerme al menos que te hicieras mi esclava y mi dueña, que renunciaras a ti para hacerte cargo de ese ser que antes no estaba en tu casa, en tu espacio, en tu cotidianidad. Pero yo no me aburría de ti, tal vez por eso la rutina se te iba olvidando en mis palabras y su encanto -honestamente nunca supe si de verdad las escuchabas o sólo te fascinaba mi uso del lenguaje, esas cosas son difícil saberlas, es difícil entender lo que te gusta al menos que te empiece a doler-.
No, no extrañaba a mi madre o a mi hermano, aunque confieso que me sentía bastante bien de no ver a mi padrastro -aunque no lo odiaba, porque el odio cansa, en especial cuando uno ama-; lo mismo me ocurría con Venezuela: cuando uno aprende a darlo todo sabe ver la recurrente tentación de la nostalgia como algo lindo que viene y se va, y no un imposible al cual aferrarse.
No tardé en irme a vivir a otro sitio, tranquilo, con unos tres árboles cerca que eran la cosa más hermosa del mundo. Y poco a poco te dejé ir, no intentaba que estuvieses conmigo, nunca me gustó tener demasiadas comodidades porque hacen que te sigas quedando en un sitio aunque no soportes las ganas de irte. Y querer que me quisieras era un egoísmo, era pensado en mi dicha personal y no en la dicha misma. Pero por suerte regresabas como la marea que sabe que le pertenece a su luna.
Sí, se acercaba la hora de irme, estaba en el aire ¿a dónde ir? ¿qué importa eso, por qué reducir las posibilidades? esa navidad me invitaste pero preferí pasarla con un mendigo, el pobre sintió lástima por mí al ver que mi casa no tenía más que libros y una cama y mi computador (donde escribí la primera parte de este cuento), pero no vio mi tableta (donde escribiré el final); lo dejé comer y bañarse y todo, le dije que no lo conocía, que nadie lo ayudaba porque todos pensaban quizá lo mismo que el piensa de sí mismo: "lo mismo que pensé de ti al ver como veías mi casa con decepción y mi ordenador con un poco de conformismo".
-Mira, amigo. No sé qué has sido en tu vida, pero estás quizá frente al único hombre en esta ciudad que no piensa que eres lo que has sido sino que quiere tener la oportunidad de conocerte, aquí, ahora; tal vez seas un asesino, un ladrón, o qué sé yo. Pero ahora no me estás matando ni robando, ahora puedes tener la dicha de no tener nada, pero de no tener nada con alguien, y eso es como tenerlo todo.
El se quedó, y pasó así un tiempo, y luego se fue, lo veía en casa y le costaba sentirse cómodo pero lo disfrutaba, hasta que consiguió un trabajo: limpiaba vidrios de los coches y luego no supe más de él, pero cuando estuvo, lo supe todo: nada interesante pero todo muy fascinante.
Y luego debía irme, a no sé dónde y no se por qué. Pero llegaste como siempre, a hacerme intransitable el destino. A llenarme la memoria del bello olvido que son tus ojos. A hacerme poseer mi posesión más valiosa que es la entrega. Llegaste, y supe que debía irme, que debía irme a quedarme contigo.
Sabes, a lo largo de mi vida siempre he sido criticado por mi caminar; "caminas como pidiéndole un permiso a un pie para mover al otro", era la frecuente observación de mis padres. Pero no saben que ese caminar ha sido, el mayor tesoro en mi vida, el que me permite ir a donde sea, pero ir siempre acompañado conmigo.
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